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Alberto de Palacio

DE PALACIO, ALBERTO

 

Gordexola fue la cuna de este genio creador nacido en pleno siglo XIX, un mes de enero de 1856. Sus padres, casados en México de donde tuvieron que huir a causa de la revolución, fallecieron en un accidente estando su niñez ligada a nuestra Villa, ya que vino a vivir al Muelle Nuevo a casa de los Epalza con los que le unían vínculos familiares.

 

Aunque su mayor afición en aquellos años de juventud fue el jugar a la pelota a mano, su atracción por la ciencia le hizo dedicarse de lleno a los estudios de Ciencias Exactas e Ingeniería, obteniendo con dieciocho años el primer premio en un concurso internacional sobre medidas de bases geodésicas. Poco después inició sus estudios de arquitectura en Barcelona siendo el número uno de su promoción.

 

Polifacético y producto de un tiempo romántico, su curiosidad creadora le llevó a investigar otros campos donde obtuvo títulos que ni buscó ni utilizó. Así en Madrid y París estudió Astronomía, Geodesia, Medicina y Aviación, dominando varios idiomas, y dándose la curiosidad de que a su muerte estaba traduciendo al euskera El Quijote.

 

Apenas tenía treinta años cuando empezó sus trabajos para encontrar una solución a la comunicación de las dos orillas de la ría en su desembocadura. Tras estudiar diversas soluciones posibles que no obstruyeran la navegación, como era un túnel o los puentes, giratorio o fijo elevado, llegó a la idea de lo que sería el primer puente colgante del mundo.

 

Después de patentarlo tendría que luchar con tesón y sin desmayo para superar todas las vicisitudes adversas que se le fueron presentando. Desde concebir la sociedad anónima que lo construyera y explotara, hasta conseguir a principios de 1890 la R.O. del Gobierno adjudicándole el puente y desde encontrar terreno firme donde apoyar las bases del puente, para lo que tuvo que profundizar 18 metros bajo el nivel del mar en bajamar equinoccial, hasta localizar un contratista competente a quien encargar la obra. Contratada ésta a un afamado constructor bilbaíno, éste falleció al ser atropellado por un carro, teniendo que recurrir entonces al francés Ferdinand Arnodin que fue quien definitivamente llevaría a cabo la obra bajo su dirección.

 

La obra se finalizó en 1893 y a su inauguración la reina envió a la infanta Isabel. Aparte de sus estudios sobre resistencia de materiales, su espíritu inquieto le llevó a investigaciones tales como las cimentaciones sobre fondos marinos, por lo cual fue requerido por el gobierno del Brasil para realizar unas construcciones ganando terreno al mar, o en Madrid para cimentar el edificio del Banco de España, sobre unas corrientes subterráneas. Su visión de la arquitectura futura lo constituye la estación de Atocha de Madrid, cuya cubierta es una de las mayores luces de arco salvada sin tirantes y un auténtico alarde estructural de su tiempo.

 

También en Madrid dejó la impronta de sus conocimientos tecnológicos en el Palacio de Cristal del Retiro. En sus últimos años se dedicó a investigaciones sobre navegación aérea. Fundó la Federación Española de Navegantes Aéreos y en un pabellón a puerta cerrada, que le cedió el Ministerio de la Guerra, trabajó sobre un invento que según él sería revolucionario.

 

La guerra civil supuso el fin de su vida. Su casa de campo de Madrid, donde guardaba miles de libros de ingeniería, así como sus inventos y proyectos, fue destruida y su querido puente colgante fue volado en 1937. Su salud no pudo resistirlo y malherido falleció en Las Arenas en 1939, al pie de los hierros retorcidos de su gran obra.

 

Los restos de este gran hombre de ciencia, pero que sobre todo fue un hombre recto y bueno, pasaron a la Villa que tanto amó y en donde los suyos poseen un panteón familiar. Coincidiendo con la celebración de unas jornadas internacionales de puentes transbordadores, en 1990, el Ayuntamiento publicó el libro, “Puente Bizkaia. Padres y hermanos”, obra del portugalujo Alfredo Pérez Trimiño.

 

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