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San Roque

SAN ROQUE

 

Montpellier fue la cuna de este personaje francés, del que desconocemos su apellido y que es el más popular y festejado de la Villa, aunque nunca estuviera en ella. Nacido en el siglo XIII, era hijo del gobernador de la ciudad, uno de los más importantes caballeros al servicio del rey aragonés Pedro I, El Grande, al otro lado de los Pirineos.

 

Tras vivir su infancia y juventud en un ambiente cortesano y palaciego, se quedó huérfano a los 20 años, heredando una gran fortuna. Siguiendo la parábola del evangelio, repartió sus bienes y cubierto con un burdo sayal y un sombrero de alas anchas, se puso en marcha con dirección a Roma. Las ciudades italianas que encontró estaban diezmadas por la peste y sus hospitales llenos de apestados.

 

ROQUE se dedicó al servicio de aquellos infelices, limpiando sus llagas infectadas, sirviéndoles e impartiendo consuelo. En Roma pasó tres años pidiendo limosna y de hospital en hospital. Su fama de santo y la creencia de que curaba la peste, hicieron que acudieran a él numerosas personas de todas las clases sociales. Sin embargo, en la ciudad de Piacenza, sintió cómo la piel se le cubría de manchas negras y rojas, así como de heridas purulentas, tomando su rostro un aspecto monstruoso.

 

Expulsado por apestado y extranjero, se refugió en un bosque. Aquí la leyenda dice que para que saciara su sed le brotó una fuente a sus pies y que un perro se le acercaba por las mañanas con un pedazo de pan en la boca, lamiéndole las heridas. Curado de la peste, volvió a Montpellier sin que nadie le reconociera, siendo encerrado en la cárcel donde moriría cinco años después ya en pleno siglo XIV. Su fama de protector contra la peste se extendió enseguida por Europa siendo canonizado y fijándose el día 16 de agosto como su festividad.

 

En la Baja Edad Media, en que tan terribles fueron los estragos de la peste negra, su devoción se extendió por Bizkaia, en donde proliferaron las ermitas dedicadas a él. Sin embargo, la acogida fue mayor en puertos mercantiles como Bilbao o Portugalete, con mayores posibilidades de contagio y que además se encontraban en el Camino de Santiago, por donde llegaban peregrinos entre los que era muy popular y que traían noticias de sus milagros.

 

Así que en la Villa se le veneró desde sus primeros siglos y en uno de sus cerros se levantó la ermita bajo su advocación, conociendo a ese alto con su nombre. La gente subía en romería el día del Santo, bailando delante de la ermita y utilizando la casa taberna y de abastos que la Villa tenía junto a ella en la zona de la “Poza de Abacholo”. En la campa que descendía del cerro, se empezó a celebrar en 1.783 un ferial de ganado por su festividad, que adquirió gran importancia en todo el contorno, por lo que en 1.790, el ayuntamiento le nombró oficialmente “Patrono, Abogado y Santo festejado”, reconociendo los repetidos “beneficios y milagros” que le había dispensado. En una de las guerras del siglo pasado, la ermita fue destruida y en su lugar, al igual que en el alto de Campanzar, se construyó posteriormente un fuerte militar.

 

En 1.892 se intentó hacer una suscripción popular para proceder a su recuperación pero la idea no cuajó. La imagen del santo se había colocado mientras tanto, en la ermita del Santo Cristo del Portal. En 1.910, al trasladar la ermita del Santo Cristo a la campa del Lavadero, se llevó también allí a SAN ROQUE en un altar lateral. Dado que en esa campa se celebraba la fiesta sanroqueña, las nuevas generaciones fueron olvidando que el verdadero titular era el Cristo del Portal y cuando tras la guerra civil fue demolida para realizar el campo de deportes, se hizo un proyecto de ermita dedicada a SAN ROQUE, que si al principio se ubicaría en el lugar primitivo, la necesidad de construir un depósito obligó a levantarla al final de la calle del Ojillo.

 

El crecimiento urbanístico de los años sesenta, hizo que ahí también estorbara, buscándole un pequeño y desapercibido rincón a modo de ermita al otro lado de la misma calle, tras el muro del frontón.

 

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